lunes, 15 de junio de 2009

Michael J


De pequeño quería deslizarme como un negrito que salía en la tele con chamarra roja. Un negrito que, con ojos de lumbre, peleaba contra zombis retándolos con los pasos de baile más alucinantes. Después ese negrito se deslizaba dentro de pequeños que, como yo, admiraban:

1- Su rostro de porcelana estilo fantasma de la ópera

2- Sus pasos extravagantes de baile (Ya sin ojos de lumbre ni la piel morena, ni chaquetas rojas ochenteras).

3- Sus pegajosas rolitas de ciencia ficción y paz.
4- Su enorme fortuna.
Pues bien, hoy murió ese negrito de piel blanca. Ya llevaba años zombi y en lugar de cerebros chupaba, bueno, ustedes ya saben lo que chupaba.

Como cambian las cosas. Ya ni la nostalgia permanece del mismo color.

viernes, 29 de mayo de 2009

And death i think is no parenthesis


since feeling is first

who pays any attention

to the syntax of things

will never wholly kiss you;


wholly to be a fool

while Spring is in the world


my blood approves,

and kisses are a better fate

than wisdom

lady i swear by all flowers. Don't cry

- the best gesture of my brain is less than

your eyelids' flutter which says


we are for each other; then

laugh, leaning back in my arms

for life's not a paragraph


And death i think is no parenthesis


-E.E. Cummings

miércoles, 27 de mayo de 2009

La hora del fantasma


Él no atraviesa paredes, las hace. No habita túneles sobrios, los hace. Andrés Iniesta es un arquitecto de las canchas. Un fantasma que es el engranaje, el revulsivo del equipo más asombroso de la última década. Iniesta no asusta, deleita. ¡Barça campeón de la champions 2009! Ni Messi ni Ronaldo. Es la hora del fantasma.

lunes, 25 de mayo de 2009

Tres cronopios inéditos creados por Julio Cortázar.


Vialidad
Un pobre cronopio va en su automóvil y al llegar a una esquina le fallan los frenos y choca contra otro auto. Un vigilante se acerca terriblemente y saca una libreta con tapas azules.
-¿No sabe manejar, usted? -grita el vigilante.
El cronopio lo mira un momento, y luego pregunta:
-¿Usted quién es?
El vigilante se queda duro, echa una ojeada a su uniforme como para convencerse de que no hay error.
-¿Cómo que quién soy? ¿No ve quién soy?
-Yo veo un uniforme de vigilante -explica el cronopio muy afligido-. Usted está dentro del uniforme pero el uniforme no me dice quién es usted.
El vigilante levanta la mano para pegarle, pero en la mano tiene la libreta y en la otra mano el lápiz, de manera que no le pega y se va adelante a copiar el número de la chapa. El cronopio está muy afligido y quisiera no haber chocado, porque ahora le seguirán haciendo preguntas y él no podrá contestarlas ya que no sabe quién se las hace y entre desconocidos uno no puede entenderse. (1952)

Almuerzos
En el restaurante de los cronopios pasan estas cosas, a saber que un fama pide con gran concentración un bife con papas fritas, y se queda deunapieza cuando el cronopio camarero le pregunta cuántas papas fritas quiere.
-¿Cómo cuántas? -vocifera el fama-. ¡Usted me trae papas fritas y se acabó, qué joder!
-Es que aquí las servimos de a siete, treinta y dos, o noventa y ocho -explica el cronopio.
El fama medita un momento, y el resultado de su meditación consiste en decirle al cronopio:
-Vea, mi amigo, váyase al carajo.
Para inmensa sorpresa del fama, el cronopio obedece instantáneamente, es decir que desaparece como si se lo hubiera bebido el viento. Por supuesto el fama no llegará a saber jamás dónde queda el tal carajo, y el cronopio probablemente tampoco, pero en todo caso el almuerzo dista de ser un éxito. (1952-1956)


'Never stop the press'
Un fama trabajaba tanto en el ramo de la yerba mate que-no-le-quedaba-tiempo-
para-nada. Así este fama languidecía por momentos, y alzando-los-ojos-al-cielo exclamaba con frecuencia: "¡Cuán sufro! ¡Soy la víctima del trabajo, y aunque ejemplo de laboriosidad, mi-vida-es-un-martirio!".
Enterado de su congoja, una esperanza que trabajaba de mecanógrafo en el despacho del fama se permitió dirigirse al fama, diciéndole así:
-Buenas salenas fama fama. Si usted incomunicado causa trabajo, yo solución bolsillo izquierdo saco ahora mismo.
El fama, con la amabilidad característica de su raza, frunció las cejas y estiró la mano. ¡Oh milagro! Entre sus dedos quedó enredado el mundo y el fama ya no tuvo motivos para quejarse de su suerte. Todas las mañanas venía la esperanza con una nueva ración de milagro y el fama, instalado en su sillón, recibía una declaración de guerra, y/o una declaración de paz, un buen crimen, una vista escogida del Tirol y/o de Bariloche y/o de Porto Alegre, una novedad en motores, un discurso, una foto de una actriz y/o de un actor, etc. Todo lo cual le costaba diez guitas, que no es mucha plata para comprarse el mundo.
(c 1955)

martes, 21 de abril de 2009

Se murió el autor de noches de cocaína


El escritor británico J. G. Ballard, autor de «El Imperio del Sol» -novela en la que describe su lucha para sobrevivir en un campamento de prisioneros japonés en China cuando era niño-, falleció a los 78 años, a consecuencia de «una larga enfermedad». Ballard pasará a la historia universal de la literatura como un escritor visionario, autor de fábulas apocalípticas que le elevarían a la categoría de «autor de culto» para los aficionados a la ciencia ficción, con títulos como «La exhibición de atrocidades» o, más reciente, «Bienvenidos a Metro-Center». Su primera novela, «The drowned world», publicada en 1962, trata del derrumbamiento psicológico de un grupo de científicos en un Londres inundado por la fusión de los casquetes de hielo polares. Nacido en Shanghai, Ballard estudió en la Universidad de Cambridge antes de convertirse en piloto de la Royal Air Force británica y trabajar sucesivamente en una agencia de publicidad, como vendedor de enciclopedias y director adjunto de la publicación científica «Chemistry and Industry». Varias novelas de Ballard, la popular «El Imperio del Sol», «Crash» y «La exhibición de atrocidades» fueron adaptadas cinematográficamente por Spielberg, Cronenberg y Weiss.

viernes, 13 de marzo de 2009

Café Perec


Café Perec ¿Qué sucede cuando la gente no tiene el mismo sentido del humor? No reaccionan adecuadamente entre sí. Es lo que acaba de ocurrirme con el camarero de este Café Tabac de la plaza de Saint-Sulpice, café Perec para algunos. Decía Wittgenstein que, cuando la gente no comparte el mismo humor, es como si entre ciertos individuos existiese la costumbre de que una persona arrojara un balón a otra, y se estableciera que la otra persona tenía que atraparlo y devolverlo, y que algunas, en lugar de devolverlo, se lo metieran en el bolsillo. Decido olvidarme del camarero de humor distinto y miro hacia la iglesia de Saint-Sulpice. Estoy en el mismo lugar de observación desde el que Georges Perec, en los años setenta, se dedicaba a catalogar esta plaza y anotar de ella muy especialmente "lo que generalmente no se anota, lo que se nota, lo que no tiene importancia, lo que pasa cuando no pasa nada, salvo tiempo, gente, autos y nubes". Aquí escribió Tentativa de agotar un lugar parisino, un libro que consistía en una meticulosa larga lista de lo que había visto en la plaza a lo largo de varios días diferentes. En su momento lo leí con infinita diversión. Allí había anotado Perec todo lo que pasaba cuando no pasaba nada y había excluido de su lista sólo lo que pudiera resultar demasiado trascendente, y sobre todo lo que ya estaba "suficientemente catalogado, inventariado, fotografiado, contado o enumerado”. Apuro mi café y tengo un recuerdo para El salto en paracaídas, un breve texto genial, incluido en Nací. Cuando aún era un tierno principiante, hacia 1959, al final de una reunión del grupo de la revista Arguments, Perec pidió la palabra, y su intervención tuvo alguien la ocurrencia de grabarla. Feliz ocurrencia. Perec contó de forma tan inspirada como tartamuda una experiencia muy personal (“la cuento porque estoy un poco... porque he bebido un poco”), una aventura de su breve paso por el paracaidismo y la historia de cómo llegó a comprender que, en la literatura y en la vida, era absolutamente necesario lanzarse, tirarse al vacío, “para persuadirse de que eso podría quizá tener un sentido que incluso uno mismo ignorase”. Entre los libros de primera hora que me cambiaron la vida, estuvieron siempre los de Perec, libros que recuerdo haber leído fascinado, devolviéndole al autor, página a página, cada uno de los eufóricos balones que lanzaba. Desde el primer momento, vi que Perec era inseparable de Roussel y de Kafka, precisamente los otros dos escritores que entonces más me interesaban, pues me habían demostrado que en novela era posible hacer cosas muy distintas de las que se predicaban en mi tierra. En aquellos días, por lo que fuera, todo a veces se producía de la forma más sencilla. Y así Kafka, Roussel y Perec llegaron a mí con la máxima naturalidad, casi juntos, y después lo hicieron libros también decisivos como el ensayo novelado Maupassant y “el otro”, donde Alberto Savinio, con el pretexto de hablar de Maupassant, acababa hablando de todo, y para eso le bastaba con asociar cualquier idea con el dichoso tema central, en realidad ausente. O libros como El mito trágico del “Ángelus” de Millet, de Salvador Dalí, cuyo atractivo método de trabajo, alejado de todos los dogmas sobre la novela, se basaba también en asociaciones de ideas, asociaciones que se desplegaban en un tapiz que, al dispararse en todas los itinerarios posibles, acababa por convertirse en inagotable. Pasa un autobús de la línea 63, y lo anoto -como todo- meticulosamente. Pasa luego uno de la línea 96, que va a Montparnasse. Frío seco, cielo gris. Pasa una mujer elegante llevando tallos en alto, un gran ramo de flores. El 96 es el mismo autobús que Perec atrapara en sus apuntes, y el mismo que luego me trasladará a mi hotel aquí en París, el Littré. Un rayo de sol. Viento. Un mehari verde. Lejano vuelo de palomas. Instantes de vacío. Ningún coche. Después cinco. Después uno. “La trama es una vulgaridad burguesa”. Le adjudico la frase a Nabokov. “El estilo avanza dando triunfales zancadas, la trama camina detrás arrastrando los pies”, recuerdo que respondió John Banville en una entrevista. Es posible que estas dos citas sean como lanzar un balón que no van a devolvernos nunca todos aquellos que tienen todavía el humor de situar a la trama decimonónica en un pedestal absoluto. La novela del futuro verá esa trama como una simpleza que hizo furor en cierta época y se reirá de un tópico que me machacó durante mi primera juventud, esa idea de que la novela -“como bien saben en el mundo anglosajón”- ha de privilegiar siempre la trama. Hoy me alegro de haber visto pronto que aquella idea británica sobre la novela, como sucedía con tantas otras, no tenía porque considerarla una regla inamovible. Me moría de risa el día en que le escuché a Kart Vonnegut decir que las tramas en realidad eran sólo unas cuantas y no era necesario darles demasiada importancia, bastaba con incorporar –casi al azar- una cualquiera de ellas al libro que estuviéramos escribiendo y de esta forma disponer de más tiempo para la forja de lo que realmente habría de importarnos: el estilo. ¿Y cuáles eran esas tramas? Vonnegut se las sabía de memoria, tenía una lista muy perecquiana: “Alguien se mete en un lío y luego se sale de él; alguien pierde algo y lo recupera; alguien es víctima de una injusticia y se venga; el caso conmovedor de Cenicienta; alguien empieza a ir cuesta abajo y así continúa; dos se enamoran, y mucha otra gente se entromete; una persona virtuosa es acusada falsamente de haber pecado o de haber cometido un crimen; una persona se enfrenta a un desafío con valentía, y tiene éxito o fracasa; alguien inicia una investigación para conocer la verdad de un asunto...”. ¿Y qué sucede cuando no ocurre nada? Que termina uno a veces por acordarse de los orígenes de su fascinación por las tramas no convencionales y recuerda cuando descubrió que se podían construir libros libres, de estructuras inéditas, con asociaciones y cavilaciones en torno a centros ausentes... Son las doce y doce de la mañana. Pasa un camión Printemps Brumell. Viento. Pienso en métodos construidos con hiperasociaciones de ideas que -como en libros de Savinio o Dalí- no agotan nunca el tema en estudio y observación. Sin duda, una obra maestra absoluta de ese nuevo género fue la hipernovela La vida instrucciones de uso, donde se daban cita todas las tramas de Vonnegut, que de paso eran dinamitadas, en una operación parecida a la de Flaubert cuando en Madame Bovary acabó con el realismo a base de llevarlo hasta su extremo máximo y ser el más realista de todos. Pienso en los veintinueve años y once meses que se cumplen desde que apareciera La vida instrucciones de uso, un libro al que Italo Calvino, por variadas razones -“el compendio de una serie de saberes que dan forma a una imagen del mundo, el sentido del hoy que está también hecho de acumulación del pasado y de vértigo del vacío”- consideraba como el último verdadero acontecimiento en la historia de la novela: puzzle en el que el propio puzzle da al libro el tema de la trama y el modelo formal, y donde el proyecto estructural y la poesía más alta conviven con asombrosa naturalidad. De hecho, durante un largo tiempo La vida instrucciones de uso fue para muchos, en efecto, el último verdadero acontecimiento de la novela moderna. Después, vendría un gran libro de Roberto Bolaño, Los detectives salvajes, que recogía con extraordinaria osadía y talento el guante lanzado por Perec. Día de cielo gris, frío seco. Viento. Pasa un señor con aspecto de secretario “provisionalmente definitivo” de alguna sociedad secreta de inventores de aforismos. Parece salido de una de las páginas más divertidas de Pensar / Clasificar. Podría llamarse perfectamente Bénabou. Pasa otro autobús de la línea 63. Pasa el 96. Lasitud de los ojos. Risas sofocadas. Distintos humores. Voy anotando. Alguien mueve un visillo. Tañidos de la campana de Saint-Sulpice. Se acumula el pasado y al mismo tiempo el vértigo de un vacío, lo que también anoto debidamente.
--> Enrique Vila-Matas

viernes, 21 de noviembre de 2008

La mujer cara de perro


(Divertido cuentito que no me deja de recordar a cierta escritora con aires de grandeza)

Del blog: bluelephant.blogspot.com
Hay una mujer en Villeurbanne con cara de perro. Vive cerca de mi casa. La veo casi a diario.

Cada vez que pasamos junto a la mujer con cara de perro le digo a Mónica «¿La viste? ¿Esta vez sí la viste?», pero Mónica nunca la ve. Siempre está mirando alguna otra cosa. Dice que son imaginaciones mías.

No ayuda que de espaldas parezca una persona normal. Ni siquiera tiene rabo.

Me pregunto qué se sentirá tener cara de perro. Cómo será vivir con esa cara.

A continuación apartes del diario de la mujer con cara de perro.

Lunes, 1980: Día normal. Cumplí ocho años. Los niños dicen que tengo cara de perro. De nuevo. Durante la cena lo comento. De nuevo. Mi madre dice que me parezco a mi padre. Mi padre dice que no tengo nada suyo.

Martes, 1986: Dos huevos. Café. Tengo cara de perro, sí. Mi madre dice que tal vez sea una enfermedad. Mi padre dice que no soy hija suya. Mi madre llora. No lo niega, sólo llora. En la escuela me dicen Laika.

Miércoles, 1990: Hoy me gradúo. Hay una fiesta pero prefirieron no invitarme. Los entiendo. Yo tampoco me invitaría a mi vida de tener la opción.

Jueves, 1994: Estaba borracha. Tamayo también. Arde.

Viernes, 1999: Llovió. El doctor dice que entiende mi indignación pero no puede hacer nada: Lo mío no es invalidante. No lo cubre el seguro. Yo sólo tengo cara de perro. Le pregunto cuánto más tengo que sufrir para que sea invalidante. Cuántos más apodos necesito para poder cambiar esta cara. El doctor me recomienda leer El hombre elefante una vez más. ¿Conté que llovió?

Sábado, 2001: Gran día. Ricardo me quiere así tenga cara de perro. Me quiere. Me escribió ayer. Me aseguró que no le importa cómo sea. Quiere conocerme. Me visitará dentro de un año, cuando termine su servicio militar.

Domingo, 2002: Ricardo dijo que nunca se imaginó que fuera así. Pensó que yo estaba bromeando. Lágrimas. Partida. Soledad.

Lunes, 2008: Mi hija, tiene solo seis años, me pregunta que por qué tengo cara de perro. Le digo que se mire al espejo antes de volver a preguntar.